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El llamado evangélico a cruzar las fronteras

por Rev. J. Manny Santiago

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April 13, 2015

El llamado evangélico a cruzar las fronteras

Rev. Manny Santiago de la frontera entre México y Estados Unidos.

Similar to our Vocation of Peacemaking series, The Borders I Cross is a series of reflections from BPFNA ~ Bautistas por la Paz members and friends about their peacemaking journeys. This particular series focuses on the many borders crossed for peacemaking, which include physical borders as well as those such as language, culture, race, religion, nationality, generation, class, and sexual orientation. These essays come from people from all walks of life; those who cross borders as students, in their paid professions, in their volunteer time, in their family lives and/or in retirement. We hope you enjoy this new series from the BPFNA!

In English


Cuando creces en una isla donde solo existe una nación, es poco probable que tengas que cruzar fronteras. Las fronteras son, después de todo, para los grandes continentes. Es allí donde se erigen líneas que demarcan el territorio de una nación en contrapuesto a otras. Esta fue mi experiencia cuando crecía en Puerto Rico.

En mi niñez y temprana juventud, nunca se me ocurrió que podría cruzar una frontera. Esto no quiere decir que nunca soñé con hacerlo. Por el contrario, pasaba horas leyendo la enciclopedia y el atlas; aprendiendo los nombres de las naciones del mundo y el color de sus banderas; aprendiendo su localización y sus capitales. Gustaba de soñar que algún día visitaría tantos países como fuera posible.

Mi primera oportunidad para cruzar una frontera se dio durante mis estudios universitarios. Viajé a Nicaragua por un mes para hacer trabajo misionero. Este era el tiempo en el que todavía creía que “misión” significaba ir a otro país y hacer de quienes vivían allí clones de mi forma ya colonizada de ser cristiano. ¡Qué alejado estaba de la realidad!

El insularismo que viví en Puerto Rico no me permitía ver, en primera instancia, que el mundo es mucho más grande de lo que cualquier persona puede imaginar.

El cruzar fronteras se convirtió en algo normal para mí. He pasado casi toda mi vida adulta cruzando fronteras tanto geográficas como sociales, económicas, lingüísticas, de género, religiosas y de todo tipo. Desde ese primer viaje, me he dado cuenta que donde quiera que estemos, nos une una misma humanidad. Toda persona ha sido creada a imagen y semejanza de Dios y, por lo tanto, tenemos iguales sueños, iguales luchas, igual dolor e iguales alegrías. Al exponerme a la realidad fuera de mi propia realidad, pude entender que es necesario estar a la disposición de aprender con otros y otras para así poder ministrar mejor en un mundo tan dividido.

Hace algún tiempo atrás, mientras hacia mi práctica de capellanía en un hospital de la ciudad de Nueva York, conocí un joven salvadoreño que padecía grandes traumas. Después de varios intentos de suicidio y de años de uso de drogas, este joven fue internado en la sección de psiquiatría del hospital. Noté que el psiquiatra nunca le preguntó sobre su pasado en El Salvador. En una de mis visitas, le pedí que compartiera conmigo sus experiencias creciendo en su país. Fue la primera vez que alguien le pedía que las contara. Él comenzó a narrar los horrorosos sucesos que le hicieron dejar su patria y su familia. Yo no hubiera sabido de esta realidad si nunca hubiese visitado El Salvador y visto por con mis propios ojos la devastación de esta guerra. Fue importante para la sanación integral de este joven que alguien entendiera la realidad que vivió y que le llevó a tomar las decisiones que luego afectarían de tal manera su vida.

Esta ha sido solo una de las muchas ocasiones en que he tenido experiencias similares. Dios me ha permitido cruzar fronteras geográficas y en cada cruce he podido aprender algo mis hermanos y hermanas que viven en estos lugares.

Al mismo tiempo, he visto cómo un mundo tan grande puede ser un lugar tan pequeño. Recorriendo las millas de muralla que separan a los Estados Unidos con México, me rencuentro con un amigo brasileño. Estaba allí como parte de su trabajo con la Iglesia Metodista Unida. Fue allí, del lado mexicano de la frontera, cuando mi amigo brasileño y un pastor mexicano, junto con una pastora nicaragüense-mexicana del lado estadounidense, consagraron pan y jugo de la vid. En este lugar de separación entre naciones, la Iglesia volvió a ser una a través de la Comunión.

Aunque el salir de mi país y viajar fuera del país en el que vivo me han permitido cruzar fronteras geográficas, es importante señalar que existen muchas otras fronteras que pueden cruzarse. Solamente tenemos que mirar a nuestro alrededor y ver que hay fronteras sociales, económicas, lingüísticas, de género, religiosas y de tantos otros tipos que podemos cruzar. Lo importante es dar el primer paso y reconocer que cruzarlas es un llamado evangélico, pues el mismo Jesús lo pidió de sus seguidores y seguidoras: “Id por todo el mundo…” (Marcos 16.15)


El Rvdo. J. Manny Santiago es un ministro de las Iglesias Bautistas Americanas de origen puertorriqueño. Después de servir como pastor en iglesias de Massachusetts, Nueva York y el estado de Washington, ahora se desempeña como director ejecutivo de The Crossing, un ministerio ecuménico para estudiantes universitarios en la ciudad de Madison, Wisconsin. 



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