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El Jesus Crucificado

de Dr. Luis G. Callazo

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March 24, 2016

El Jesus Crucificado

Dr. Luis Callazo

Jesús de Nazaret constituyó para sus tiempos, como también para hoy, un desafío a las hegemonías que pretenden perpetuar estructuras injustas. Su mensaje constituyó  así la causal lógica de su crucifixión. No hay en él la figura de alguien que es condenado por Dios ha inmolarse sino la del profeta elegido que es crucificado. Fue ese mensaje, que en su contenido y en su fundamento amenazó y desafió aquella estructura opresiva que representaba el “Templo”. No es sorpresa el señalar que el “Templo” era precisamente el centro de acumulación de riqueza y opulencia más importante de Israel en tiempos de Jesús. La élite religiosa corresponde hoy a los que con vehemencia impúdica defienden el neoliberalismo y sus prácticas obsesiva-compulsiva de acumular riqueza.

El Jesús crucificado no admitió como legítima una cultura que soslayaba la justicia, el amor y la paz como fundamentos para una vida plena. La religión del “Templo” se había reducido a un sistema de impuestos económicos que quedaban ocultos bajo sus rituales. Su mensaje significó la denuncia de esa religiosidad que abdicó ante los intereses de poder que controlaban el escenario de la sociedad. Como reacción la predicación de Jesús se centró en el amor liberador. Tal mensaje representó emancipación para el pobre, el oprimido, el enfermo, para la mujer que padecía flujo de sangre, para el leproso, para el publicano, para los encarcelados, para los desposeídos de alimentos y bienes mínimos de vida, para los ciegos y discapacitados, para los trabajadores desplazados y para todos aquellos alienados por un sistema religioso-político insensible.

No fue Jesús meramente un líder dentro del marco religioso. Su perfil apunta a un profeta para quien el amor trascendía la religiosidad y resultaba ser el aspecto fundamental de la vida. Tal hecho propone a sociedades organizadas alrededor del poder militar y económico un nuevo paradigma de vida. Asi el Evangelio según San Lucas nos ofecen una nueva manera de conceptualizar la cultura. Contemporáneamente hablando podemos referirnos a “Una cultura de Paz” que contraste con un modelo centrado en vencer al enemigo, conquistar al subversivo y reprimir el rebelde. Jesús crucificado nos ofrece nuevas pistas para la vida: el respeto a la divergencia, el fomento de la libertad y la práctica liberadora de la solidaridad.

Nos es necesario adoptar perspectivas cristológicas que nos permitan fomentar una mentalidad crítica y éticamente progresista. El mensaje de Jesús nos señaló un nuevo sendero donde la reconciliación está condicionada por la justicia, y la praxis del amor no queda reducida a la piedad y la compasión. Se trata de asumir la ética como acto liberador y transformador. Lo que equivale a decir lo que las poetizas chilenas afirmaban: “hay que amar amando”. Así el amor, en la propuesta de Jesús, el que fue crucificado, no renuncia a la acción auténticamente revolucionaria y transformativa.  En él, el amor significa transformar plenamente el cuerpo social de su mundo y de nuestro mundo. Anuncia en su Reino de Dios la utopía de un “mundo nuevo y mejor”.

La cruz no puede ser vista como una tragedia personal anunciada. La crucifixión es el acto de protesta por antonomasia. Es un acto de resistencia ante fuerzas de poder que estaban subyugadas a la muerte, a la prepotencia y a la religiosidad decadente de sectores espiritualmente disfuncionales.

El Reino de Dios como propuesta histórica, no tanto trascendente, adquirió un significado antagónico ante las estructuras religiosas y políticas. Por eso los discípulos de Jesús tienen que dar de comer a la multitud, evitar antagonizar con los/las que atienden el clamor de los pobres, los milagros no están sujetos al pago de honorarios en forma de ofrenda y los legisladores de tales prácticas son llamados “sepulcros blanqueados”. La acumulación de bienes materiales dejó de ser central en el Reino de Dios que Jesús anunciaba, en oposición conflictiva con las riquezas que acumulaban los sacerdotes. Son las estructuras opresivas, que se configuraban en aquella cultura religiosa, las que Jesús denunció como prácticas hipócritas. Por eso denunció a los que pretendían que el pueblo “llevara cargas que ellos mismos no soportarían”. Su mansaje desestimó y devaluó la codicia y la avaricia. Su gestión profética iba orientada a establecer los fundamentos que garantizarán a los seres humanos su derecho a la dignidad y a una convivencia humana auténtica.

El Jesús crucificado reta a la conversión a las estructuras y sistemas que han rezagado el verdadero progreso humano.  Son llamadas a convertirse al Reino de Dios y su justicia favoreciendo la justa distribución de los bienes materiales,  contribuyendo a la sanación del planeta tierra, renunciando a una economía de mercado neoliberal; construyendo el progreso desde una riqueza basada en el bien común, desmilitarizando y “convirtiendo las armas en instrumentos de labranza”, propiciando el diálogo y el perdón; condonando las deudas a los países pobres y asegurando el “pan de cada día” para todos.

En última instancia, el Crucificado, dio su vida “por el bien del mundo”. Anunció un Reino de Dios para “todos y todas”.  Se ofreció como holocausto revolucionario para inaugurar nuevamente la esperanza y declarar abominable toda necrofilia; toda xenofobia; toda xenofilia; todo discrimen absurdo; todo genocidio y toda acción que anhule el porvenir glorioso de la felicidad. La cruz nos anuncia que en última instancia las fuerzas del mal no prevalecerán.



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