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La justicia ante la crisis en Puerto Rico

Por Rvdo. Edward Rivera-Santiago

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May 24, 2016

La justicia ante la crisis en Puerto Rico

Rvdo. Edward Rivera-Santiago

Abordar la crisis económica en Puerto Rico debe ocupar un espacio importante en la vida de la iglesia. La consecuencia de las decisiones económicas de las últimas administraciones ha sumido a Puerto Rico en una de sus peores crisis, no tan sólo económicas, sino también sociales e incluso espirituales. Actualmente, Puerto Rico cuenta con una deuda de US$72.000 millones.

Como iglesia tenemos que levantar la voz al unísono para afirmar y exigir la justicia ante la crisis y presentar de forma clara los actores que nos llevaron a esta crisis. 

Como iglesia, necesitamos asumir una buena parte del liderato en este momento histórico. Creo que nuestro rol en este tiempo debe ser proveer liderato. Sin los líderes de la iglesia, el país corre el riesgo de que no haya justicia para las personas más vulnerables.

Creo que el elemento fundamental de este liderato desde la iglesia es trabajar para que el proceso de solución de la crisis sea confiable, Pero para ello, los líderes de la iglesia tienen que saber definir con claridad qué es lo que afecta a la población. Este liderato es fundamental  para garantizar la dignidad y la calidad de vida para todas las personas.

Hay que definir a la iglesia como una organización de acompañamiento, que afirma la seguridad, la transparencia y las oportunidades. La iglesia tiene que distinguirse por su transparencia y por ser promotora de una cultura de justicia.

La iglesia tiene que asumir un rol decisivo en la promoción de la justicia, creando y promoviendo un ambiente transparente, denunciando todo señalamiento intimidante que intente controlar y manipular a nuestras comunidades.

Desde la iglesia, se tiene que adiestrar a los líderes de las comunidades para que este liderato promueva y genere calidad de vida.

La iglesia tiene que promover una cultura de seguridad, de paz. Esta cultura tiene que estar basada  en la transparencia, la responsabilidad y el respeto a la vida.

La iglesia debe ser promotora de una cultura de justicia donde exista la confianza y se afirme la dignidad de todo ser humano.

La iglesia debe afirmar y demandar un enfoque proactivo. Para ello hay que identificar los elementos en la solución de la crisis que son injustos y se apartan del bienestar común.

Gente de Dios, la realidad es que, tras la segunda Guerra Mundial, EE.UU. incluyó en su código de Impuestos Internos una sección que favoreció al desarrollo de Puerto Rico: la 936.

Implementada en 1976, esta medida estableció exenciones fiscales para las empresas estadounidenses que se instalaron en Puerto Rico y permitió que sus filiales que operaban en la isla pudieran enviar sus ganancias a la empresa matriz en cualquier momento, sin tener que pagar impuestos federales sobre los ingresos corporativos.

Esta sección fue trascendental para Puerto Rico. Toda su economía giró en torno a este privilegio. Sin embargo, 20 años después y con la economía recuperada, EE.UU. consideró la 936 como una "donación cara" y decidió hacerla desaparecer en un periodo de 10 años. El gobierno de Puerto Rico coqueteando con la Estadidad para Puerto Rico acepó la derogación de la 936. Lo que desato una serie de préstamos que fueron acrecentando la deuda pública de la isla y por otro lado la imposición de más impuestos a la población  por los gobiernos de la isla para poder compensar la salida de la 936.

En 2006 y tras cortar el beneficio, la economía de Puerto Rico entró en recesión.

Tras casi una década de recesión, el desempleo alcanza un 12,2%, más del doble del promedio de EE.UU. Y sus índices de pobreza son los más altos del país.

Para cubrir el déficit, el gobierno de Puerto Rico comenzó a endeudarse profundamente, con una mezcla de fondos mutuos y de cobertura (hedge funds) hasta llegar a los actuales US$72.000 millones de deuda.

Actualmente un tercio de los impuestos recaudados van directamente al pago de deuda. Esa es la realidad económica y social en Puerto Rico en mucho provocada por los Estados Unidos de Norte América.

La iglesia debe promover la participación de todos en la discusión y propuesta de soluciones a la crisis.

Para que esto se dé, lo primero que debemos hacer es promover una cultura de cambio y adoptar un modo de vida más adecuado para todos. Debemos adoptar un enfoque de análisis, aprendizaje y cambio, basado en la transparencia y una mayor integración del pueblo en la solución de los conflictos que le aquejan. Y asumir la responsabilidad de cambiar nuestra situación colonial que nos tiene como país “añangotado”.

Cuando asumamos la responsabilidad de solucionar nuestro estatus colonial. Es indigno aceptar esta infamia de una Junta de Control Fiscal Federal sin participación del pueblo. Sin duda, irá en menoscabo de nuestra gente más pobre y de toda nuestra clase trabajadora.

Las soluciones no pueden ser unilaterales, todo lo que se haga en Puerto Rico tiene que incluir a todos los sectores de la sociedad. Las fuerzas políticas locales nos hundieron en esta crisis económica de dimensiones gigantescas. ¡Son estas mismas fuerzas políticas las que pretenden llegar a acuerdos!. Todos tenemos que estar activos para tener la certeza de que el proceso de reestructuración de la deuda se hará de forma adecuada y creíble para todos.

Afirmando nuestra identidad como pueblo puertorriqueño, afirmando que tenemos la capacidad para juntos unir fuerza, tesón y disponibilidad para tomar a nuestro país en nuestras manos y no ponerlo en manos de nadie. Afirmar una dignidad humana para todos y para todas.

Es importante, además, que todos nuestros esfuerzos como iglesia vayan encaminados a que se maneje la crisis con un gran sentido de justicia, siendo la iglesia la voz de los sin voz.

La mayoría republicana en el Congreso estadounidense bloquea cualquier reestructuración y favorece que la deuda se pague íntegra, aunque ofrece que Washington controle las finanzas de la isla a cambio de ayuda financiera.  Sin duda esta medida atenta contra la autonomía y dignidad de nuestra gente.

Como iglesia, tenemos que trabajar para hacerle justicia a la población en los servicios de salud, en el acceso a la educación adecuada, a la vivienda justa y digna.

Para lograr soluciones dignas, es necesario que se evalúen constantemente los resultados del manejo de las crisis y que estos resultados no excluyan a nadie. Es imperativo que haya evidencia concreta de cómo estas soluciones benefician a todos.

No podemos manejar la solución a la crisis económica en Puerto Rico con trato desigual e injusto para las comunidades más desventajas. La crisis se tiene que manejar con las comunidades en mente. Y el congreso debe proporcionar los medio o herramientas para ese manejo adecuado d ela deuda.

Como iglesia que también vive y sufre este momento histórico, debemos exigir igualdad para todos. Nos toca alzar nuestra voz y pedir el cuidado integral de toda nuestra comunidad.

Puerto Rico por su estatus colonial, territorial está en una especie de limbo, ya que como "estado libre asociado", no puede acceder a lo que se conoce como el Capítulo 9 del Código de bancarrotas de EE.UU. Y los acreedores sabe esto y manipula no solo al congreso de los EEUU sino a la opinión pública.

Clara que como iglesia y como país nos preocupa la deuda, el impago de la misma. Por nos preocupa también las propuestas que reducirán los salarios, posibles despidos de trabajadores y trabajadoras, la reducción de beneficios a empleados y la reducción y en monos cabo en los servicios de salud. No se puede permitir que las medidas de austeridad afecten adversamente a los más pobres y necesitados en Puerto Rico

Gente de Dios, es importante afirmar que la crisis en la que estamos sumidos como país nos debe servir como acicate para continuar la tarea que se nos ha encomendado como Iglesia. Nos debe servir para construir una sociedad más justa que haga de la solidaridad su objetivo constante.

Iglesia, ahora nos toca encarar la crisis para informar y acompañar con fidelidad, profundidad, transparencia y responsabilidad a nuestra gente.

Nuestra mayor tarea es atender a nuestras comunidades que están sumidas en una honda y castrante depresión emocional y violencia colectiva ante la cual no hay salidas fáciles.

Nuestro llamado profético como iglesia en este tiempo es denunciar todo aquello que les pueda impactar y hundir más a nuestra gente en la angustia y la desesperación.

Hacemos un llamado y un planteamiento firme a que en todo diálogo para buscar soluciones se tomen en cuenta las comunidades más vulnerables y desaventajadas.

El reto de la iglesia es mantener la justicia en estos momentos de crisis. La iglesia aboga a favor de la reestructuración ordenada, justa y transparente de la deuda pública del país para garantizar el bien común.




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