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México y su ruptura fundante

de Hortensia Picos Lee

Fueron muchas las definiciones que se dieron para México en las pasadas elecciones del 1 de julio, como el futuro del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y de su actual camarilla gobernante, la importancia que al final tendrían las guerras sucias, si prevalecería en las y los electores el enojo o el miedo, si podría ser posible para la oposición hacer creíble para la población que ellos podrían ser un cambio positivo para el país. Pero, sobre todo, esta elección fue una oportunidad para que las y los cristianos hiciéramos ciudadanía y le diéramos una bocanada de aire fresco a la vida pública, una oportunidad para que convirtiéramos al voto en una opción de poder ciudadano. Ante la kakistocracia gobernante (término acuñado por Michelangelo Bovero, profesor de la cátedra de filosofía política de la Universidad de Turín, para definir el gobierno de los peores), las y los cristianos finalmente nos dimos cuenta de que podíamos incidir para humanizar la sociedad en la que vivimos, y las elecciones fueron el mejor pretexto para luchar por la justicia desde la fe, desde una trinchera en la que, sin distinción de ideologías y clases sociales, todos y todas éramos capaces de participar en igualdad de circunstancias.

Sin embargo, que el pueblo mexicano decidiera en libertad a quienes habrían de integrar el próximo gobierno, en todos los niveles, no fue un proceso fácil. El entorno de violencia y las malas prácticas que existieron durante el tiempo que duraron las campañas políticas y el mismo día de las elecciones, así como también la creencia que muchas personas compartían: “'¿para qué votar, si nada va a cambiar?”, fueron factores que influían en el ánimo de la gente y que invitaban a que, por voluntad propia, dejara de ejercer su derecho legítimo a votar. Afortunadamente se tuvo la votación más copiosa de la historia de México, y el pueblo optó por un cambio de régimen. Esto significa que volvemos a ilusionarnos con que podemos tener un México distinto, el renacer de una esperanza que parecía definitivamente agotada. Fue la oportunidad de iluminar con un potente rayo de luz la oscura desesperanza.

El candidato electo para presidente de México ha etiquetado su próximo gobierno como “la cuarta transformación”, asumiendo que hubo otros tres acontecimientos puntuales en la historia de México que lo transformaron radicalmente (Independencia, Reforma y Revolución). Esta es una idea ambiciosa que pretende hacer de México un país más democrático, más incluyente, menos desigual y con mayor crecimiento sin perder estabilidad financiera. Una idea que busca que los mexicanos y mexicanas obtengan de su patria todo lo que necesitan para ser felices, que erradique la desigualdad y a la pobreza eliminando sus causas, una visión que enarbola la paz y la prosperidad como frutos de la justicia. No se ve fácil lograr estos objetivos considerando el estado del país casi al final del gobierno actual de Enrique Peña Nieto. Lo que México está a punto de vivir es una “ruptura fundante”. ¿Qué es esto?

El sacerdote, filósofo y teólogo español Ignacio Ellacuría, que murió asesinado en El Salvador en 1989 por su mediación política para una salida negociada entre la guerrilla izquierdista y los partidos de derecha, habló de una “ruptura fundante” como un momento crítico en la historia de una nación en el que su estructura se ha colapsado de tal forma que los actores sociales, civiles, económicos, políticos y religiosos se mueven, organizan e inciden para recrearla y darle forma a una nueva realidad. Esa realidad puede significar un avance en cuanto al respecto a la dignidad, la libertad y la justicia o, por el contrario, representar un retroceso que lleve al país hacia una época de mayor oscuridad, violencia, injusticia e impunidad. México optó por su propia “ruptura fundante” que ya no se puede detener; no sabemos si efectivamente el nuevo gobierno podrá lograr todo lo que se ha propuesto, si el rumbo que elegimos será el que finalmente conduzca a México hacia mayor paz y prosperidad o nos encaminará por uno que sea peor que el actual, pero podemos seguir soñando con un país donde podamos expresar libremente nuestro propio ser, con madurez y responsabilidad. Como dijo Aristóteles: “La esperanza es el sueño del ser humano despierto.”

Los medios de comunicación y las redes sociales nos bombardean constantemente con información que, lamentablemente, tiende a ser profundamente negativa. Todo esto y los acontecimientos de los que somos testigos presenciales en nuestra vida cotidiana suelen confirmar nuestra visión de una sociedad deshumanizada y desesperanzada. Pero aun en medio del horror, la oscuridad y la desesperanza hay heroínas y héroes anónimos en México que luchan por construir una cultura de paz, que ayuda a las personas que lo necesitan, que combaten el mal con el bien.  Su lucha suele ser silenciosa y desconocida para la mayoría, pero es algo que está sucediendo. ¿Qué haremos nosotros? ¿Participaremos de esa “ruptura fundante” o seremos simplemente espectadores?

Jesús vivió en una época en la que los males que vivimos se podían replicar en mil. Su país estaba dominado por el imperio romano, los Herodes mal gobernaban a su pueblo con despotismo singular. La pobreza y la desigualdad eran la marca de la sociedad. La religión no era mejor, servía para oprimir desde el Templo de Jerusalén y los fariseos ponían en las espaldas de los fieles terribles cargas que ellos mismos no eran capaces de llevar. Y en medio de esa oscuridad apareció la palabra sanadora de Jesús, la praxis liberadora de Jesús. El Maestro nos enseñó que es justo en momentos duros y difíciles cuando hay que iluminar las conciencias y los corazones. “Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia” debiera ser suficiente para convencernos de que el cristianismo tiene algo que decir y hacer en tiempos de “no se puede hacer nada”, “esto nunca va a cambiar”.

En México y América Latina tenemos mucha religión y poca ética cristiana. Somos la región más violenta del mundo, la región más desigual del mundo y la región más religiosamente cristiana del mundo. Es decir que somos violentos, desiguales y con una religiosidad que no ha sido capaz de incidir en la realidad, que probablemente sólo se queda en el templo y en las oraciones de las y los creyentes. Ante ello necesitamos rescatar urgentemente nuestra capacidad cristiana de ser luz y sal para el mundo, de poner en marcha social y culturalmente la convicción de que todos somos hijos e hijas de Dios.

¿Dónde quedó nuestra fe reflejada en nuestro quehacer social? ¿para qué nos sirve nuestro cristianismo? Ha llegado la hora de recuperar la valentía y la convicción de los primeros cristianos. Su manera de vivir y de hacer la vida se veía en la calle, inspiraba a otros y otras, atemorizaba a los poderosos. Las y los cristianos no podemos atravesar esta época del imperio de lo efímero, de apatía generalizada, de ciudadanos y ciudadanas sin compromiso y de sociedades adormecidas por el consumo voraz, sin que pronunciemos palabras que sacudan, que orienten y que propongan y sin una praxis que transforme, que reeduque, que invite a vivir humana y fraternalmente.

Así pues, es la hora de animar la esperanza en medio de la desesperanza. Es el momento de que la ética cristiana culturice nuestra época. Es propicio que nuestra fe en el Dios de Jesús nos haga transformar nuestra realidad. Este es un tiempo privilegiado para resistir la tentación de desanimarnos ante la globalización de la desesperanza, de animar y contagiar las múltiples posibilidades que se tejen en nuestros barrios, ciudades y regiones para crear redes de humanidad, encuentros que festejen la vida, amistades cómplices para reconstruir el tejido social. La coyuntura de un nuevo gobierno puede ser también una oportunidad para hacer pedagogía social y ciudadana, para entender que la política no tiene porqué ser tan ajena a nosotros y nosotras, que puede ser una experiencia que nos permita construir en comunidad bienestar para todos y todas.

Gobierno, ciudadanos y ciudadanas en conjunto conformamos las fuerzas vivas de la democracia. Donde han fracasado partidos políticos y clase gobernante, se ha crecido la ciudadanía. Esa ciudadanía que ha dibujado, mediante su poder de decisión, el diseño de un país nuevo. El futuro de México emerge hoy desde la unidad de esos ciudadanos y ciudadanas, conscientes que tienen el poder de transformar al país en uno más próspero, justo y solidario.


Hortensia Picos Lee es el editor de recursos en español para BPFNA ~ Bautistas por la Paz.


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