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Amnistía, perdón y justicia en México, ¿pueden coexistir?

de Hortensia Picos Lee

En México, hemos estado hablando mucho sobre la amnistía en los últimos meses debido a la política de "amnistía" que planea implementar el próximo gobierno liderado por quien será el próximo presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, que asumirá el cargo en diciembre 1.

Amnistía proviene de «amnesia» o «pérdida de la memoria», a través del vocablo griego «olvido» (‘amnestia’). Ha sido definida como «…un acto del poder soberano que cubre con el velo del olvido las infracciones de cierta clase, aboliendo los procesos comenzados o que se deban comenzar, o bien las condenas pronunciadas para tales delitos…»”.

Este tema ha resultado desde el principio sumamente controversial, puesto que ha sido interpretado por muchas personas y organizaciones como un acto de perdón para quienes han cometido toda clase de delitos, sin importar el contexto en el que ocurrieron, las razones por las que las y los delincuentes infringieron la ley, la naturaleza de su falta y el grado de afectación causado a sus víctimas. Perdonar y liberar a quienes han dañado de forma irreparable a gente inocente parece a primera vista un despropósito, una idea inconcebible e irrespetuosa con el dolor que han padecido las víctimas o los seres cercanos a ellas.

Quienes trabajarán en el próximo gobierno han explicado muchas veces de qué forma se pondrá en práctica su concepto de amnistía, el cual va dirigido esencialmente a personas de bajos recursos económicos que se han visto forzadas a sembrar drogas o a transportarlas bajo coerción o por una estricta necesidad de sobrevivencia; personas que no han asesinado a otras y que tienen el nivel más bajo dentro de las organizaciones delincuenciales. Sin embargo, esta idea ha resultado mal comprendida, porque se la ha asumido como que la sociedad debe perdonar y liberar a quienes de una u otra manera se han involucrado con el narcotráfico, actividad que ha degradado hasta lo más bajo al ser humano y ha provocado demasiadas muertes, desapariciones y violencia. Además, hay cierta resistencia al perdón, porque para perdonar hay que comprender, aceptar, reconciliar; y una razón herida, un corazón roto, no entiende, no acepta, no tiene paz.

En un Estado de Derecho como es el nuestro, el acatamiento irrestricto de la ley apacigua el fuego interno y el clamor popular; sin embargo, quedan preguntas en el aire: ¿Qué pasa si ni aplicando la ley se satisface esa ansiedad de justicia que nunca cesa, quedando la sensación de que el castigo impuesto no soluciona el problema de fondo? ¿qué hacer cuando nuestro sistema judicial ha agotado todos sus recursos para cumplir eficazmente con su trabajo, y todavía sigue siendo rebasado por la inseguridad y la criminalidad?

En estas circunstancias, el Estado a través de su cuerpo legislativo puede ejercer su prerrogativa de crear leyes especiales para aplicarlas por encima de las leyes comunes, con el fin de tratar más eficazmente situaciones tan graves como el narcotráfico, que ha arruinado por completo nuestra paz social. La incapacidad de contener y castigar a los grupos criminales ha movido a diseñar una estrategia para librar a personas que han sido obligadas a trabajar para ellos de cualquier castigo penal, para luego orientarlas hacia actividades productivas legítimas. Por lo tanto, aplicar la amnistía en violaciones a la ley cometidas en circunstancias muy específicas es una opción válida para promover la pacificación del país; el Estado le quita la venda a la justicia y le hace ver que a veces es más benéfico absolver que encarcelar. Que las personas liberadas pueden, en la medida de sus posibilidades, corresponder al perdón cooperando para destruir los grupos criminales. Las personas y familias que han sido victimadas por los capos del narcotráfico podrían apreciar esto.

Siendo entonces la amnistía un medio para lograr la tranquilidad social, quienes se acogen a ella se comprometen a aceptar la legitimidad y legalidad de quien la concede, y a no reincidir en sus actividades delictivas. Esto es importante porque México se ha caracterizado por la corrupción que sostiene al crimen organizado mediante pactos con el gobierno en turno, fusionando temiblemente el narcotráfico y las estructuras de poder y solidificando las actividades del hampa. Todos los días se recluta gente común para ejecutar crímenes, personas que serán encarceladas o asesinadas cuando las cosas vayan mal; es en este contexto que aplica la amnistía para ciertos casos.

Pero esta explicación no ha tranquilizado el ánimo de quienes piensan que no debe haber perdón ni olvido, por ningún motivo. Que creen que la puerta que se le abre a algunos criminales queda automáticamente abierta para todos. En las situaciones que contempla la amnistía se le pide a la sociedad mexicana que perdone y olvide, que acepte que jurídicamente ya no habrá delito que perseguir. Esto le cuesta demasiado a una sociedad tan agraviada como la nuestra, que exige que las y los delincuentes sean castigados como garantía de que el Estado está trabajando realmente por su seguridad, y a manera de alivio y de restauración de su dignidad lastimada.

Es entonces necesario puntualizar que la amnistía no es para todos ni todas; un Estado que no sanciona el crimen empodera al imperio de la arbitrariedad y crea un ambiente propicio para nuevas crisis sociales o políticas. La amnistía no es perdón indiscriminado. Los victimarios que han afrentado a hombres y mujeres en su existir, su integridad y su dignidad de manera dolosamente deben afrontar las consecuencias de sus actos; las víctimas necesitan y merecen que se les repare el daño aunque la pena impuesta a quien los agravió no corresponda estrictamente al daño infligido.

Esta última situación nos mueve a explorar otra perspectiva en el delicado tema del perdón y la justicia. Surge la pregunta de que si es posible que las personas y las comunidades que han sufrido los horrores de la criminalidad pueden perdonar a quienes han llenado de tanta pena su existencia. Esta pregunta apunta a las posibilidades que tienen estas personas y comunidades de superar el dolor que se prolonga en el tiempo y que las amenaza con reducir su existencia a la de ser sólo víctimas de los hechos perpetrados. El perdón de la persona agredida a quien la agredió aparece como posibilidad de liberación al terminar con la acción del victimario sobre la víctima, que entonces es capaz de incorporar su doloroso pasado a una biografía que se proyecta sobre un presente de lucha por la justicia y un futuro que puede estar cargado de esperanza. Un ideal es buscar la reconciliación entre víctima y victimario, pero esto no siempre es posible puesto que, para que haya reconciliación, este último debe reconocer su culpa, arrepentirse, tener la voluntad de reparar en lo posible su falta y comprometerse a no repetir su conducta. Esto no siempre ocurre; el perdón puede ser unilateral, la reconciliación no. Sin embargo, perdonar le da a la víctima la posibilidad de liberarse de su sufrimiento, asumiendo que este perdón es una decisión estrictamente personal y no exime al Estado de su responsabilidad de impartir justicia y aplicar las sanciones que correspondan a lo previsto por sus leyes.

Dios nos perdona siempre. Hemos violado su ley y le hemos ofendido de múltiples formas, y su corazón siempre está abierto al perdón y al olvido. Dios dice: «Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.» (Isaías 43:25). Sin embargo, aunque nos perdone no podremos reconciliarnos con Él si no confesamos nuestros pecados y rechazamos su presencia en nuestra vida. Está claro que ningún ser humano puede equipararse con Dios en su amor y generosidad, pero en cada persona debería caber la intención de perdonar y reconciliarse con quien le ha hecho daño, aunque esto último no dependa por completo de su voluntad. El proceso de perdonar puede llegar a ser muy difícil; las palabras “yo te perdono” se anudan a la garganta cuando la ofensa ha dejado heridas demasiado profundas y demasiado sensibles al dolor.

Sin embargo, se puede perdonar precisamente porque Dios nos perdonó primero a nosotros. A través de Jesucristo Dios tomó la iniciativa para que nos reconciliáramos con Él. Jesucristo nos dio el ejemplo máximo de perdón: desde la cruz perdonó a sus verdugos que lo habían crucificado. Padeciendo dolores indescriptibles, nos dio ejemplo de perdón para que sigamos sus pasos. Sin duda el reclamo de justicia de una persona inocente merece respuesta, pero la justicia que carece de misericordia, no puede perdonar y no le da al infractor la oportunidad de volver a reinsertarse en la sociedad después de haber recibido la amnistía o de haber pagado por sus crímenes se parece mucho a la venganza.

Es imposible saber ahora los resultados que tendrá el proyecto de amnistía, tal como lo plantea el que será el próximo gobierno mexicano. Pero representa un tratamiento valiente y distinto al tema de la violencia, un intento verdadero de lograr una reconciliación social en un sentido amplio, una solución para encarar el dolor y sanar las fracturas dejadas por la violencia. Por lo pronto, tratemos de entender lo que este proyecto significa y tengamos el valor de perdonar a quienes nos han ofendido y han ofendido a la sociedad. No busquemos venganza; permitamos que las leyes actúen como deben hacerlo para que haya justicia y, si ésta no llega por manos humanas, pongámonos en manos de Dios para Él sea el juez justo que no se equivoca. Sólo de esa manera se hará realidad la cita de San Juan Crisóstomo: “Nada nos asemeja tanto a Dios como estar siempre dispuestos a perdonar.”


Hortensia Picos Lee es el editor de recursos en español para BPFNA ~ Bautistas por la Paz.


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