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Una Reflexión Sobre la Caravana Migrante

de Hortensia Picos Lee

Recientemente hemos estado escuchando mucho en México, gracias a la información difundida en los medios de comunicación y las redes sociales, sobre el fenómeno de la caravana de migrantes que comenzó su viaje a través de México desde octubre de 2018, con el objetivo de llegar a los Estados Unidos de América. Un contingente de aproximadamente 8,400 personas, principalmente de Honduras, Guatemala y El Salvador, salieron de América Central y viajaron a través de México para ir a los Estados Unidos de América. Esta forma de movilización de los migrantes de América Central no es algo nuevo, ya que durante al menos diez años se han llevado a cabo movilizaciones de este tipo en caravanas organizadas por grupos de activistas en el sur de México, en un tiempo cercano a la Pascua. Pero esta movilización ha atraído la atención de los medios de comunicación mexicanos y de los Estados Unidos, debido a la situación de la llegada de Donald Trump a la presidencia de este último país en 2017 y las duras medidas que anunció que se aplicarán a los miembros de la caravana que pretenden cruzar la frontera.

Lo que quieren estos hombres y mujeres centroamericanos es escapar de la pobreza, la marginación y la violencia que sufren en sus lugares de origen. Los niños, las mujeres y los jóvenes de comunidades marginales se ven gravemente afectados por los abusos físicos y sexuales y el reclutamiento forzoso por parte del crimen organizado y las pandillas locales. Pero a diferencia de muchos otros migrantes que viajan tratando de esconderse, ellos y ellas no intentan pasar desapercibidos, sino que viajan en grandes grupos precisamente para hacer visible, a México y al mundo entero, las difíciles condiciones de las que escapan y para demostrar que no importa cómo. largo y cuán difícil podría ser su viaje, no se detendrán si esto les permite alcanzar un futuro mejor. Además, se sienten más seguros y apoyados al viajar de esta manera.

La permanencia de la caravana de migrantes ha generado todo tipo de reacciones entre la población mexicana. En muchas personas ha generado sentimientos de solidaridad, empatía y deseo de ayudar, haciendo donaciones a los centros de recolección, distribuyendo alimentos y bebidas y registrándose como voluntarios en los refugios que dan asilo temporal a las y los viajeros. Han desarrollado una sensibilidad que comprende la complejidad de las circunstancias que han hecho que las y los migrantes anhelar intensamente alcanzar el "sueño americano".
Sin embargo, además de esa solidaridad, tenemos el otro lado de la moneda, un lado hostil y xenófobo que conduce a la rudeza hacia los centroamericanos que están en tránsito a través de México; a ellas y ellos se les describe como perezosos, vulgares, sucios e ignorantes, entre otros epítetos aún más groseros. En las redes sociales es posible ver argumentos nacionalistas que incitan al odio, en los cuales se concentran los prejuicios y el temor hacia los extranjeros, más si provienen de naciones pobres de América Central. Incluso ha habido personas que celebran que las bandas de narcotraficantes hagan desaparecer a los migrantes, argumentando que "los cárteles finalmente están empezando a hacer patria" y hacen llamamientos para envenenar la comida y el agua que se les proporciona humanamente. Por supuesto sin caer en expresiones tan extremas de odio, el alcalde de Tijuana también avivó la controversia y se lanzó a la ola discriminatoria, declarando que los migrantes de la caravana "representan un riesgo para la seguridad de los habitantes de Tijuana". También dijo que "los derechos humanos son para los humanos derechos", aunque después se retractó debido a las fuertes críticas que causaron este tipo de expresiones.

Pero a muchas personas xenófobas no les importa la opinión pública; cuando se desaprueba su posición, apelan a la defensa de la soberanía nacional y a los efectos negativos que, según su percepción, sufren las y los ciudadanos mexicanos comunes debido a la estancia de la caravana.

No se puede negar que la llegada de la caravana de migrantes a Tijuana ha provocado una especie de "cuello de botella" que se ha convertido en un problema difícil de resolver para los gobiernos de México y EE. UU., con declaraciones de Donald Trump respaldando actos represivos como el ocurrido en la garita de San Ysidro el pasado 25 de noviembre. Todas y todos reconocemos el hecho de que cada país tiene el derecho de proteger su frontera de acuerdo con lo que considere apropiado para garantizar su seguridad nacional, y que la permanencia de los migrantes debe estar regulada por la ley. Pero incluso en este contexto, el pueblo cristiano debe continuar defendiendo los derechos humanos de las y los migrantes de la caravana; deben ser tratados con dignidad, cordialidad y solidaridad hasta encontrar la mejor solución para cada caso, respetando su legítima aspiración a una vida mejor. Su futuro no está en nuestras manos, pero podemos contribuir para que su estadía, mientras dure, sea más placentera.

Si queremos encontrar un texto bíblico que nos enseñe cómo tratar a las personas que se encuentran en un estado de extrema necesidad, como es el caso de los migrantes, no hay, en mi opinión, algo mejor que la parábola del Buen Samaritano (Lucas 10: 30). -35). Esta parábola surgió como la respuesta de Jesús a la pregunta formulada por un intérprete de la Ley Mosaica: "¿Quién es mi prójimo?" La parábola relata que un hombre samaritano no pensó dos veces en ayudar a un extraño, a un hombre golpeado, inconsciente y abandonado junto al camino. No habría sido raro que el hombre samaritano, además de no querer lidiar con el riesgo de ayudar a un hombre desconocido, evitara el contacto con alguien que probablemente estaría fingiendo haber sido agredido. Después de todo, el hombre golpeado fue visto antes por un sacerdote y un levita, quienes no hicieron nada para ayudarlo. Pero el buen samaritano vio en el hombre golpeado a su prójimo, y su único pensamiento fue ayudarlo en su necesidad sin poner su propia seguridad en primer lugar. Al samaritano no le importaba arriesgar su vida, gastar su propio dinero o ser elogiado públicamente por ayudar a un extraño. El samaritano se identificó con las necesidades del extraño y se compadeció de él. Al trasladar esta enseñanza a nuestro tiempo y la situación en la que viven las y los migrantes ahora, tal vez estas personas no estén medio muertas físicamente, como inferimos que estaba el hombre de la parábola, pero son extrañas y extraños golpeados en su espíritu y necesitan amor y compasión, gente que les escuche y les ayude a salir adelante, dándoles el mismo valor que Dios les da. Todos podemos ayudar con nuestras oraciones, con nuestro apoyo material y / o emocional, con nuestra amistad y empatía.

Jesús finalmente terminó la parábola haciendo que el intérprete eligiera por sí mismo quién era el prójimo del viajero: "El que tuvo misericordia de él". Podemos elegir si las y los migrantes son realmente nuestros prójimos, y qué hacer con ellos: atacarlos, como hicieron los ladrones con el viajero; ignorarlos, como hicieron el sacerdote y el levita, o podemos elegir amarlos y cuidarlos, como hizo el samaritano. La elección de los cristianos está dada por estas contundentes palabras de Jesús: "Ve y haz tú lo mismo".


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