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Mis recuerdos de la Conferencia Bautista Global por la Paz 2019 en Cali, Colombia

de Hortensia Picos Lee

Mis recuerdos de la Conferencia Bautista Global por la Paz 2019 en Cali, Colombia

Mi asistencia a la Conferencia Global de la Paz Bautista en Cali fue preparada con entusiasmo. El año pasado quise ir a la Conferencia de Verano en Keuka Park, pero finalmente terminé decepcionada porque no pude hacerlo. Pero este año sería diferente; mi hijo y yo sí podríamos ir a Colombia este año y eso me dio la confianza para planificar el viaje. Mi hijo de 16 años, Carlos David, a quien había prometido llevar conmigo, estaba muy entusiasmado. ¡Cómo no podría ser! Para él sería su primer viaje en avión y la primera vez que abandonaría territorio mexicano. Sabía que sería un viaje agotador, haríamos una larga escala en la Ciudad de México y pasaríamos una noche completa en el aeropuerto de El Dorado en Bogotá. Casi 36 horas para llegar desde nuestra casa en Ciudad Madero a Cali, ¡pero eso no importaría, por supuesto! Podríamos lidiar con eso y más. Durante el vuelo, mi hijo seguía continuamente en la pequeña pantalla frente a su asiento nuestro camino a través de cada país centroamericano, mientras dirigía su mirada repetidamente hacia la ventana en caso de que hubiera una pequeña posibilidad de contemplar un poco de tierra. Después de todo, vislumbrar tierras de América Central y del Sur era para él una visión de un mundo nuevo, y llegar a Bogotá era el comienzo de nuevas y emocionantes experiencias. Comprendí su curiosidad. La noche en el aeropuerto El Dorado en Bogotá fue larga y fría, contrastando sus 11 grados centígrados con el calor tropical de casi 40 grados de nuestra ciudad de origen. Vi a muchas personas en diferentes lugares del aeropuerto tumbadas en los asientos o en el suelo, tratando de dormir. Deseé intensamente hacer lo mismo pero descarté la idea; tenía que cuidar de mi hijo y de nuestras pertenencias. Aproveché esta situación para cruzar el aeropuerto de punta a punta y para echar un vistazo a la gran y bulliciosa ciudad de Bogotá, que se mostraba muy activa al amanecer. El viaje de Bogotá a Palmira fue corto, a plena luz del día, lo que nos permitió ver desde el cielo la belleza y el esplendor del valle del Cauca. Valles verdes y frondosos rodeados de montañas, como los describe magníficamente el grupo Nicho en su canción Mi Valle del Cauca:

“…Esta es mi tierra bonita
jardín que brotó de la naturaleza
riendo entre dos cordilleras
que celosas protegen mi tierra preciosa
Y quedó oliendo a café…”


Vista aérea del Valle del Cauca, cerca de Palmira.

Se dice que los latinoamericanos en general son cálidos y expresivos, alegres y solidarios. ¡La gente de Colombia me hizo comprobar la certeza de esa afirmación! Si bien es cierto que me asaltó un ligero nerviosismo cuando tuvimos que pasar por controles de migración y seguridad, finalmente no pasó nada malo y, desde ese momento hasta el último de nuestra estadía en Colombia, recibimos la amabilidad de quienes se cruzaron en nuestro camino. En el aeropuerto de Palmira fuimos recogidos por Néstor Venegas, miembro del personal de la Conferencia, quien nos llevó diligentemente a Unibautista y luego a nuestro hotel. El lunes por la noche asistimos al culto de apertura, y luego aprovechamos para recuperarnos del largo viaje.

El martes por la mañana me conmovió la historia de Fabiola Perdomo. Si bien gracias a los medios de comunicación ya sabía algo sobre la larga y dura lucha entre las FARC y el gobierno colombiano, vivir en México me hizo ignorar la cruel y dolorosa situación que Fabiola había experimentado. Ese día supe que ella se había convertido en un símbolo de las víctimas que se habían manifestado capaces de perdonar a las FARC. Sí, las mismas FARC que asesinaron a su esposo. Las mismas FARC que dejaron a su hija sin padre. Ella sintió un profundo dolor pero Dios le dio fuerzas para perdonar. Ella dejó atrás el resentimiento que sofoca lentamente los sueños, la esperanza y el propósito de Dios en la vida de las personas. El resentimiento que las ata al pasado mientras hace infeliz su presente y futuro.
Fabiola Perdomo y la senadora Victoria Sandino, ex miembro de las FARC, nos enseñaron el valor de la reconciliación. Reconciliación que restaura y reconstruye relaciones rotas, que tiene el poder de transformar un pasado dividido por el odio y el resentimiento en un presente y un futuro con esperanzas comunes y espacios compartidos para construir la paz.

El martes por la tarde participé en una dinámica de grupo en la que compartimos pensamientos sobre la paz y pintamos las banderas de nuestros países de origen en pequeñas piedras. Realmente deseaba hacer un mejor trabajo, pero de cualquier forma en que se pinte la bandera mexicana ¡siempre se ve hermosa!

Pero estas pequeñas piedras no serían simples objetos decorativos. Dentro de ellas, cada uno de nosotros encapsuló un poco de su propia patria y mucho de su amor por ella.

Y luego se sembró el árbol de la paz. Una planta plantada por varias personas, todas muy diferentes entre sí, de diferentes edades, países y grupos étnicos. Gente que representaba a todas y a todos los que estábamos allí, sembrando la paz que, como una planta, necesita tierra, sol y agua para crecer, madurar y dar fruto. Un hermoso acto simbólico que tuvo como marco perfecto esta canción sencilla y encantadora:

Que esta iglesia sea un árbol
en el fondo de tu casa,
que haya fiesta y alegría
y oración bajo sus ramas.
Con raíces bien profundas
y sus brazos hacia el cielo,
que esta iglesia sea fecunda
dando frutos de consuelo.

Porque la paz se cultiva igual que la planta del huerto. Cuando construimos la paz desde nuestro contexto, podemos decir que fertilizamos la tierra para cultivar un nuevo orden de las cosas, donde la paz y el bienestar son fruto de la justicia. Pero cultivar la paz requiere un trabajo duro, como lo hace el agricultor cuando rasca la tierra para introducir la semilla en ella, y mucha paciencia, porque si no es posible que los frutos del jardín emerjan de un día para otro, menos podemos esperar que de las heridas de la noche a la mañana se restauren y se dejen atrás las humillaciones, los agravios y las injusticias. Pero tenemos fe en Dios y estamos dispuestos a trabajar, y plantar el árbol de la paz fue el comienzo de un trabajo que veremos crecer de la misma manera que veremos crecer ese árbol.

El miércoles por la mañana escuché las historias de Henna B. Caipang y Laura Chanchien Parajón, quienes, en Filipinas y Nicaragua respectivamente, han ayudado con amor y diligencia a mejorar la situación de muchas personas que han sufrido las consecuencias de desastres naturales, así como la de aquellas cuya pobreza e impotencia las hace especialmente vulnerables y necesitadas.

Esa misma mañana participé en el Taller "La radicalidad del amor" dirigido por Lizette Tapia. Una visión refrescante y diferente de una historia contada en el Antiguo Testamento, la historia de la joven sirvienta de Naamán, cuyo nombre desconocemos. Una joven que, en su condición de esclava, alzó la voz con dignidad en nombre de quienes, como ella, habían sido arrancados de su hogar y de su libertad. Ella ofreció una alternativa de curación al hombre que la había esclavizado, y no sabemos, lo más probable es que fuera así, si Naamán después de ser sanado solo se regocijó en su propia curación y la joven esclava se volvió invisible para él nuevamente. Los oprimidos, los necesitados, los vulnerables alzan sus voces de diferentes maneras, escuchémoslos.

Por la tarde, mi interés personal en las artes visuales me motivó a inscribirme en el taller "Fotografía y consolidación de la paz", dirigido por Susi Franco. Susi nos profundizó en su experiencia como fotógrafa y comunicóloga, y cómo utilizó la herramienta “Fotovoz” (Photovoice) para contar la historia de cómo las excombatientes de las FARC se integraron en la vida civil. Explicó que Fotovoz es un aliado en la construcción de la paz, porque gracias a él las personas en medio del conflicto o la pobreza pueden contar sus propias historias a través de fotografías tomadas por ellas mismas, imágenes que cuentan sobre su existencia cotidiana y sus antecedentes de vida. De esta manera, se embarcan en un viaje de autodescubrimiento que finalmente hace que sus pensamientos, sentimientos y necesidades sean visibles a través de las imágenes. Toda esta información se estructura para reflejar fielmente quiénes son estas personas y qué quieren que el mundo sepa sobre ellas, para que esta revelación de su propia realidad sea el punto de partida para estimular una transformación social centrada en la paz.

El jueves por la mañana me impresionó la historia de Manal El Tayar, una mujer libanesa que, a pesar de su juventud, tiene una amplísima formación y experiencia en la construcción de la paz. La historia que contó sobre la madre libanesa que vivió los horrores de la guerra y cuyo hijo fue brutalmente asesinado por los sirios me rompió el corazón. La valiente y arriesgada lucha de Manal para lograr la reconciliación entre pueblos separados por el odio en el Medio Oriente es realmente inspiradora, y sin duda ha logrado algo que parecía imposible: que las personas que por razones históricas, étnicas y religiosas se odian inevitablemente puedan encontrarse y dialogar en paz.

El jueves por la noche descubrí algo de la riqueza del folklore colombiano. Fue una "noche colombiana" llena de color, baile y canciones que me transportaron a través de la vasta y exuberante geografía de Colombia, y que me invitó a deleitarme con la cultura de ese hermoso país. Mi hijo disfrutó muchísimo bailando canciones populares colombianas, y aunque no tengo habilidades para bailar, traté de dar unos pasos de baile para disfrutar el momento.

El viernes por la mañana, Francesca Nuzzolese, Lizette Tapía y Javier Ulloa, de Italia, Filipinas y México, nos contaron sus historias. Tres personas profundamente involucradas en diferentes ministerios, que provienen de diferentes países y de entornos muy diferentes, pero que están unidas por el interés en la transformación de las personas y las comunidades a través de la paz y la justicia.

Después participé en el Taller "Yo no soy racista, pero nosotros sí", dirigido por Douglas Avilesbernal. Me interesé por ese taller porque, en el contexto de la compleja relación entre México y los Estados Unidos de América y su choque de culturas y realidades socioeconómicas, las expresiones de xenofobia y racismo están aumentando en brutalidad, la reciente masacre de Los migrantes en El Paso, Texas, son un claro ejemplo de esto. Y en México no nos libramos de expresar el racismo hacia la gente de Centroamérica, es un mal común. Douglas nos contó que el racismo es un método de opresión incrustado en las estructuras de poder, y que combatirlo con un enfoque supremacista ("¡Soy una mejor persona que tú, porque no soy racista!") no funciona. Simplemente divide y confronta. Para eliminar el racismo, se necesita un cambio que comience en los individuos para transformarlo gradualmente en un movimiento que revolucione la conciencia de todo un país, y Douglas nos dio un ejemplo práctico de cómo este tipo de enfoque logró un gran cambio en su iglesia.

Esa misma tarde asistí al taller "La iglesia como agente de reconciliación ante los desafíos actuales", dirigida por Luz Cortés y Juan David Morales, de la Fundación de Educación para la Paz y la Resolución de Conflictos. Nos explicaron en profundidad cómo desarrollaron su proyecto para generar un proceso de curación en comunidades afectadas por la guerrilla en Colombia, un proceso destinado a incluir a las iglesias como agentes que construyan espacios para el perdón y la reconciliación, que traduzcan su apoyo a la consolidación de la paz en acciones concretas de servicio comunitario.

  

El viernes por la noche fue especial. Una noche multicultural, llena de alegría y expresiones musicales que mostraron parte del folklore de los países que estuvieron representados en la Conferencia. Zimbabue, Líbano, Cuba y Venezuela, entre otros, y por supuesto, México. Todas las actuaciones fueron increíbles, ¡pero ninguna como la del grupo mexicano! Cantamos la canción popular mexicana "cielito lindo" con un entusiasmo que contagió a la audiencia, mientras que ondeábamos con orgullo nuestra bandera tricolor.

Y llegó el sábado, el día que terminaba la Conferencia, el día de nuestra despedida. La conferencia concluyó con un culto en el que la reverenda Aundreia Alexander nos predicó sobre lo bendecidos que son los pacificadores, y al final la emoción y la nostalgia invadieron los corazones de todas las personas presentes. Creo que más de uno de nosotros nos preguntamos si nos volveríamos a encontrar con los nuevos amigos que tuvimos la oportunidad de hacer en esos días. En ese momento no teníamos la respuesta y todavía no la tenemos, pero lo que sí sabemos es que una amistad se profundiza gracias a las experiencias compartidas, historias de valor incalculable que cada uno guarda como un tesoro. Eso nos lleva a desear conservar ese vínculo de amistad. “Y amigo hay más unido que un hermano” (Proverbios 18:24.) ¡Oué Dios nos permita volver a vernos!

Hay un capítulo en estos recuerdos que no puedo dejar de contar. Un capítulo que toca mi corazón hasta lo más profundo. Un capítulo que se refiere a mi hijo. Me conmovió la canción que cantaron las y los jóvenes en la adoración del sábado, y estoy segura de que, durante toda la semana, gracias al trabajo que World Vision hace con niños y jóvenes, mi hijo aprendió mucho sobre la paz. Estoy segura también de que la semilla que plantaron las maestras Olga, Claudia, Michelle, Melissa y Ditmara cayó en un buena tierra, y ahora es mi turno de cuidar esa semilla para que crezca y se convierta en un árbol de paz frondoso y fructífero. También me conmovió casi hasta las lágrimas que mi hijo pudiera hacer nuevos amigos, que pudiera disfrutar intensamente de todo lo que vivió esa semana, que pudiera traer a México pequeños objetos que le permitirán recordar su experiencia en Colombia.

Pocas cosas recordaré con más añoranza y felicidad que esta Conferencia de Verano en Cali. Todas y todos los que asistimos y nos unimos como una gran familia en Cristo descubrimos juntos esa semana lo maravilloso y enriquecedor que es aprender a ser pacificadores y pacificadoras. No hay duda de que volvimos a México con más cosas que las que llevamos a Colombia, y no lo digo solo por los recuerdos que pude comprar, algunos de ellos hermosas piezas artesanales creadas por manos mágicas, sino por lo que aprendimos y experimentamos, y por las amistades que hicimos durante la semana.

Me disculpo por terminar este relato sin mencionar a más personas que participaron activamente en la Conferencia y sin informar sobre otros eventos importantes que se llevaron a cabo, pero mi memoria y el espacio que puede tener este escrito no serían suficientes para contarlo todo. Pero cada uno de nosotros retendrá dentro de sí sus propios recuerdos, que serán atesorados y rememorados durante toda la vida. Deseo con todo mi corazón que Dios me permita estar en la próxima Conferencia de Verano 2020 en San Diego, y reunirme con viejos amigos para compartir nuevas historias. ¡Por ahora espero practicar lo que aprendí para convertirme en pacificadora, para la gloria de Dios!


Hortensia Azucena Picos Lee es la Administradora de Recursos en Español de BPFNA ~ Bautistas por la Paz.


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